lunes, 13 de julio de 2026

Lago San Bernardo, Mastigouche

 ¿Cuánto aire puedo respirar y guardar en mis pulmones, en mi pecho, en mi ser, para conservarlo durante los días que me esperan antes de volver a vivir una experiencia al aire libre?

Muy poco, me temo.

Hay una paz inmensa que se siente cuando, aun teniendo los pies sobre la arena, el agua los cubre una y otra vez, empujada por el viento y las olas, en un lugar donde la vista no exige nada más que contemplar. Un paisaje que no intenta impresionarte; simplemente existe, y con eso basta para recordarte que la calma también tiene un lugar en el mundo.

Es un lugar donde pareciera que el internet hubiera sido bloqueado a propósito, como si alguien quisiera obligarte, con infinita delicadeza, a despertar los sentidos. A respirar el oxígeno limpio, escuchar el viento entre las hojas, sentir el agua fría sobre la piel, observar los pequeños animales silvestres, contemplar los infinitos tonos de verde y dejar que el olor de la madera húmeda envuelva cada pensamiento. Un fin de semana que oprime, sin pedir permiso, el botón de reinicio en lo más profundo de las entrañas.

Y, aun así, un fin de semana resulta insuficiente.

Se queda corto para todo lo que quisiera descubrir en un lugar así. Incluso para el simple placer de dormir hasta tarde dentro de la tienda de campaña, arrullada por el ruido de la naturaleza y por la sombra de árboles gigantes vestidos de verde. También por las voces lejanas de otras personas que hablan, ríen, cocinan o simplemente disfrutan del mismo privilegio: detener el tiempo por un instante.

Me habría gustado despertar sin reloj, elegir un sendero cualquiera y caminar sin pensar en la hora. Perderme un poco entre los árboles, detenerme donde el paisaje me invitara, regresar cuando el cuerpo lo pidiera y no cuando el reloj lo ordenara. Llegar al atardecer, sumergirme una vez más en el lago, dejar que el agua se llevara el cansancio y volver a la tienda únicamente para descansar.

Olvidar la rutina de correr, de producir, de cumplir horarios. Incluso olvidar por un momento la obligación de comer porque el hambre deja de ser prioridad cuando el alma, por fin, se siente alimentada. Respirar a mi propio ritmo. Ir y venir sin prisa. Sentarme sobre la arena durante horas mirando un cielo tan inmenso que hace parecer diminutas todas las preocupaciones que traje conmigo.

El lago quedó a cientos de kilómetros de distancia, pero durante el viaje de regreso me di cuenta de que una parte de él venía conmigo. Me traje el silencio. Me traje el olor del bosque después de la lluvia. Me traje el cansancio agradable de un cuerpo que caminó mucho y descansó mejor. También me traje ese extraño "guayabo" que deja la felicidad cuando termina demasiado pronto.

Habría pagado, sin pensarlo dos veces, un día más. Un amanecer más. Un baño más en el lago. Una caminata más entre los senderos. Un día más de tierra húmeda, de frío por la mañana y de sol tibio por la tarde. Un día más sin que nadie esperara nada de mí.

Pero el camino de regreso siempre llega.

Mientras el paisaje desaparecía por la ventana del carro, los árboles comenzaron a convertirse otra vez en edificios, el silencio en tráfico y el aire limpio en la costumbre. Poco a poco fui sintiendo cómo esa calma que había respirado durante dos días empezaba a hacerse pequeña dentro de mí, como si intentara protegerla antes de que el mundo volviera a reclamar su espacio.

Sé que mañana cruzaré nuevamente la puerta de mi trabajo y me encontraré entre las mismas cuatro paredes de siempre. Volverán las listas de pendientes, las conversaciones apresuradas, las pantallas y los horarios. Y quizá esa paz se esconda por un tiempo bajo todas esas obligaciones.

Pero también sé que ya conozco el camino de regreso hacia ella.

Porque ahora sé que existe un lugar donde el tiempo avanza más despacio, donde el cuerpo vuelve a respirar y el alma deja de sobrevivir para empezar, aunque sea por unos días, a vivir de verdad. Y tal vez la verdadera tranquilidad no consista en quedarse para siempre junto al lago, sino en aprender a llevar un pequeño pedazo de él dentro de uno mismo, incluso cuando la rutina vuelva a cerrar la puerta detrás de nosotros.


Lago San Bernardo. Reserva Forestal Mastigouche, Qc.




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