Si me preguntan a que lugar o momento del pasado me gustaría volver si se pudiera, claramente podria responder que me gustaría regresar a mi niñez. Fue muy bonita, con una etapa llena de magia.
Esa magia que solo pueden proporcionar las hadas madrinas o los ángeles, personas que inexplicablemente reconoces cuando ya eres adulto.
Desde que nací compartí espacio con una señora, que con el tiempo vine a reconocer como mi abuelita chela. Hoy mirando al pasado en aquellos momentos, puedo verla como un hada blanca. Un personaje salido de un cuento, era cuidadora de gatos, despulgadora de perros, guardiana de niños. Vivía en una casa que yo siempre considere como un castillo.
Mi abuelita Chela, tenía perros y gatos, sus nombres parecían de duendes, un perro peludo que se llamaba "chiripas" y una gata hermosa de brillante pelo que se llamaba "fifi".
Tenía la abuelita galletas de sal escondidas en la alacena, tenia un calor de hogar con el que calentaba la leche para darle al gato o igual para para darme "Cal-C-tose". Cuando enfermaba de la garganta ella preparaba mis antojos, maiz pira con salchichas. Recuerdo sus sopas de pasta y de arroz con menudo, el pedacito de carne frita acompañado de arroz con fideos y platano maduro frito, sin la obligación de la ensalada, ni la cebolla, solo relleno de mucho amor y cariño.
Ella tejió con dos agujas una bufanda de un azul tranquilidad para mi cuello. Tejía junto a la ventana, acompañada de fifi, y yo al lado de ellas. Mientras ella tejía, fifi y yo mirabamos por la ventana, veíamos la gente pasar sin percatarse de que yo estaba en el mejor sitio del mundo.
Sentada allí en la ventana a la luz del sol en las mañanas. La veía tejer, la veía leyendo el periódico, la veía despulgando perros y gatos, la veía asoleando las crías de fifi, charlaba conmigo de la vida, de los animales, de cuentos, de fábulas. Me enseñaba como ver el mundo a través de esa ventana. Me enseñó a ser fuerte, conocía mi contexto familiar, sabía de las cosas que no se hablaban, sabría protegerme de tanta información de adultos que a veces se esconde. Conocía mi vida y la de mi mamá. Me dejó leer los libros de Mafalda que eran uno de los tesoros de la biblioteca de su hija. Me dejó ver la novela de las 11.30 de la mañana mientras llegaba la ruta para llevarme al colegio. Me ayudaba con las tareas, firmaba mis bajas calificaciones para evitar un malestar con mi mamá, me llevaba a hacer mercado, me dejaba caminar a su lado derecho porque sabía que yo solo escuchaba por mi oído izquierdo.
Recuerdo su casa de 3 pisos. Con un gran jardín establecido en un espacio aproximadamente de 3 metros de fondo por unos 6 o 7 metros de frente. Ella tenía el tiempo de la vida, demasiado tiempo a su favor, nunca supe su edad, pero era grande, tenía tiempo para cuidar niños, para despulgar mascotas, para cocinar, para rociar matas, para ir al mercado, para sentarse conmigo a hacer tareas, para arreglar el jardín, para atender mis caprichos de niña, para hablar con sus vecinas y para hacer oficio.
Al entrar a su casa, del lado izquierdo estaba el comedor sencillo sin apariencia y del lado derecho la sala, todas las sillas de la sala tenían los cojines levantados para que los gatos no terminaran de deshilacharlos. Las visitas se sentaban en el comedor.
Pasando la cocina, estaba el taller de carpinteria de su hijo Gustavo, otro personaje mágico en mi niñez. Parecía el taller de madera de Guepeto, (el de pinocho). Diseñaba jueguetes, materas para colgar plantas y bibliotecas móviles. Hoy en día no le cobraría a Gustavo por publicar su negocio en redes sociales. El día antes de mi nacimiento, Gustavo llevó a mi mamá de noche al hospital. De ahi en adelante fue un compañero de lectura, de cultura, de juegos de mesa, de cuentos, de historias, de mucha sabiduría.
En el segundo piso de la casa estaban los cuartos, el de ella que lo compartía con su hija, el de don Saúl, esposo de la abuelita y un tercer cuarto, de la costura, donde unos años antes durmió una hija de ella que falleció muy joven, pero es un recuerdo demasiado vago. Guardaba allí su maquina de coser, que tenía cajones llenos de hilos y de botones de multiples colores. Había un puente que dirigia al fondo de la casa a un patio, donde estaba el lavadero de ropa, un cuarto de guardar la ropa para planchar y un cuarto donde dormía Gustavo. En el cuarto de la ropa, yo guardaba una colección de frascos de plástico que llenaba de agua en el lavadero y pasaba un rato con ellos jugando.
La habitación de Gustavo era prohibida la entrada para chicos de mi edad, pero el día que pude entrar, quede admirada de tantas cosas útiles y a la vez inútiles que había, parecia un museo, libros, cuadros, esculturas, antiguedades. Hacía parte del mobiliario un baúl en el que en alguna época vivió un hámster. El animalito comia arvejas y pedacitos de zanahoria.
En el tercer piso de la casa, vivia doña Angélica con su hijo en arriendo. Un espacio donde alguna vez vivimos mi mamá y yo recién nacida.
Después de casada llevé a mis hijos pequeños a conocer a la abuelita era tratar de regalarles a ellos un pedacito de esa niñez que yo viví y que me hubiera gustado que ellos hubieran vivido. Ella seguia igual, un poco mayor, pero con un cerebro impecable y conciente. Me miraba impresionada de verme ya adulta, joven madre, la niña que ella cuidó durante varios años y que era en parte lo que ella había forjado en mi caracter. Esas veces que la visité encontre en su casa otros dos nuevos perros, y además 30 gatos. Su castillo se habia convertido en hogar de paso para los felinos. En el barrio la conocían como la señora que recogía gatos de la calle y les buscaba dueño. Sólo por esa vocación de servir de hogar de paso para gatos, de ser cuidadora de perros y guardiana de niños, ella debe estar en el cielo, gozando de la presencia no solo de Dios sino de las almas de todas las personas y animales que recibieron un poco de su luz.
Estas palabras son una dedicatoria a ella, a la abuelita Chela, porque parte de lo que soy, esta parte de andar escribiendo obedece a lo que ella sembró en mí. A ella le debo mi gusto por la lectura, por aprender cosas nuevas todos los dias, aprender a discernir lo que está bien y lo que está mal.
Donde quiera que estés: Gracias! Nos veremos luego!.
