Mis pensamientos se llenan de ideas, un poco vagas, por cierto… pero esta necesidad de dejarlas plasmadas en papel me persigue, me insiste, me incomoda hasta que cedo.
A veces los pensamientos son positivos, otras veces no tanto. Me enfrentan a una realidad que no siempre quiero mirar de frente. Y esta vez es como si estuviera escribiendo la segunda parte de Mudanza… como si en el balance de mi vida hubiera decidido especializarme en mover cajas, cambiar de rumbo, desapegarme de lo que apenas comenzaba a sentirse familiar.
Llevamos un mes de habernos reubicado y, aunque por fin puedo dormir una noche entera, a veces me invade esa pequeña duda silenciosa que pregunta si tomé la decisión correcta. Es curioso cómo el cuerpo descansa, pero la mente sigue desempacando preguntas.
En mi intento de depurar pensamientos negativos, procuro reinterpretarlos, darles otro matiz, convertir mis propias palabras en algo un poco más optimista, o al menos más amable conmigo misma. Y así, otra vez, me encuentro en esta vía: un intento, una nueva etapa, una readaptación, una pequeña odisea personal.
Me llevo expectativas, esperanzas, objetivos, metas, anhelos, deseos… pero también cargo conmigo la inevitable incertidumbre de no saber si estoy haciendo las cosas “correctamente”. Abandono mi conformismo, esa supuesta zona de confort que curiosamente invento en cada lugar al que llego. Dejo atrás algunos apegos, aunque otros los guardo cuidadosamente en el equipaje emocional, para que sigan recordándome que sentir también pesa.
“El aquelito” solo sigue mis ideas locas. Él es, digamos, más sedentario que yo. Se guía por la estabilidad económica, laboral, espacial… es más estructurado, más predecible. Yo, en cambio, a mis cuarenta y tantos, todavía siento esa inquietud de moverme, de cambiar, de intentar algo distinto. Si no me siento a gusto, me replanteo el mapa. Me da miedo quedarme… acomodarme dentro de la incomodidad y convencerme de que eso también es suficiente.
Él no lo ve así, y no lo juzgo. Quizás yo debería ser un poco más tranquila, más estable, menos nómada. Tal vez un poco más conformista… o tal vez no.
Entre bromas y pensamientos a medio camino entre lo absurdo y lo profundamente honesto, reconozco que una parte de mí sueña con terminar sirviendo piñas coladas en una playa escondida, viviendo cerca del mar, en un clima cálido pero amable. Por ahora, voy bajando mis expectativas en la escala geográfica: estar cerca de lagos y ríos ya es un avance, ¿no?
La verdad es que probablemente me seguiré mudando — física o emocionalmente — en la búsqueda de estar bien conmigo misma, con mi salud, con mi trabajo. Buscando ese lugar que ofrezca paz y calidad de vida. Un espacio un poco más lejos del consumismo innecesario, un poco más lejos de ciertos clasismos, y mucho más cerca de la naturaleza, del mundo… de mi familia… y, sobre todo, más cerca de mí.

