Generalmente, nuestra mente es como ese amigo que solo apunta lo que le conviene: guarda con lujo de detalle las fechas en que todo comenzó, pero olvida con sospechosa facilidad cuándo terminó. Ahí están, marcadas con precisión quirúrgica: la primera vez que besaste, que viajaste solo, que te atreviste a emprender, que viste nevar… hasta la primera vez que lloraste por amor y juraste que nunca más (y spoiler: claro que hubo una segunda vez).
Las “fechas fin”, en cambio, son otra historia. En el CV, por ejemplo, lucen muy profesionales: “de junio 2019 a marzo 2022”. Pero en la vida real, las recordamos así: “Ah, sí… creo que fue como en diciembre del 2021… o enero, quién sabe.” Porque cuando algo termina, el calendario deja de importar; lo que queda es la cicatriz emocional… y esas no traen fecha de vencimiento.
Y luego está la otra cara de la moneda: esas primeras veces que no fueron gran cosa en su momento… pero que con el tiempo, y con la persona correcta, tuvieron una versión mejorada al 200%. Sí, hablo de eso. La primera vez pudo haber sido solo sexo con S minúscula… pero después llega el “momento estrella”: amor, química, pasión… y ese suspiro que no tiene nombre en ningún idioma.
Lo mismo pasa con la nieve: la primera vez es mágica, casi de película… hasta que conoces otro paisaje que te roba el aliento y entiendes que la belleza, como la vida, viene en capítulos.
Porque al final, entre inicios que marcan, finales que duelen y recuerdos que reeditamos mil veces en nuestra mente… terminamos con demasiados filtros para un corazón que solo intenta quedarse con lo que vale la pena y soltar lo que pesa.
Quizás por eso las fechas no importan tanto… lo que importa el impacto y como ésto nos cambia.

