Cada mañana, luego de levantarme veo mi reflejo en la pantalla del televisor. Mi cabello habla por sí solo, los bucles en fiesta y me cuentan si he dormido bien o no, o si las coletas que han quedado en él no me han dejado dormir.
Cuando voy al baño me veo de nuevo reflejada en
el espejo, una imagen más clara que la de la habitación. En la imagen veo la
mujer cotidiana, que lucha contra la luz en sus ojos recién abiertos en
contraste con la oscuridad de la madrugada.
En esa imagen alcanzo a empujarme para salir vencedora de esa lucha entre la responsabilidad y la pereza. Después de salir de la ducha mi imagen refleja una mujer pálida, de cara lavada, cabello aplastado, con la piel de gallina, apabullada por el frío y aferrada a la toalla que le cubre sus carnes. Un diamante en bruto para ser perfilado con ropa, maquillaje y actitud!.
Se bien que bajo esa toalla se esconde un cuerpo entrado en el
cuarto decenio de la vida, con unas cuantas líneas marcadas por los años
vividos pero que gritan toda la experiencia: trabajo, aprendizaje, amor propio,
amor recibido, orgullo y satisfacción de sortear cada día. Otros pedacitos de
piel que se conservan nuevos, tersos, suaves que están a la espera del
recorrido que aún falta, inviernos y primaveras que están por ocurrir, caminos
marcados y que no se han marcado también.
Cada día he atravesado el espejo intentando hacer una conversación
con ella, conmigo. Pero solo hablo desde mi pensamiento, me gustaría que la
imagen me contara algo de mi misma, de esas verdades calladas a veces por
mis pensamientos.
Ella, a través de esa ventana me muestra la mujer que soy y
me recuerda la mujer que quiero llegar a ser. Busco mejorar el reflejo y que mi
realidad esté cada vez más próxima al cuerpo, mente y alma de la mujer que veo
y de la que me siento orgullosa de ser.
