Una tradición profundamente nuestra, tan colombiana como el buñuelo mal hecho que siempre se explota en aceite. Nace de la víspera de la Inmaculada Concepción, sí, pero también nace del corazón: de esa necesidad de luz que todos tenemos cuando el año ya nos tiene medio exprimidos.
Para quienes vivimos la fe católica, esta noche tiene un encanto especial. Es una pausa dulce entre tanto corre-corre: un momento para compartir con quienes amamos, para rezar un poquito (o mucho), para agradecer, para pedir, y para dejar que la Virgen María —con su paciencia infinita— nos abrace bajo su manto.
Mientras el comercio nos empuja a cenas elegantes, intercambios de regalos y compromisos sociales que a veces solo agotan, la noche de velitas hace lo contrario: nos devuelve a lo simple. A lo que realmente llena. A la magia de un farolito hecho en casa, a la risa de la familia reunida, a ese pequeño ritual alrededor de una llama que tiembla como si tuviera vida propia.
Una velita no parece gran cosa, hasta que la encendemos, y recordamos de todo aquello que queremos realmente en la vida. Esta noche cada llama se convierte en papel y tinta para nuestras intenciones más profundas: bienestar, salud, trabajo, unión familiar, proyectos que despeguen, rutinas que no nos traguen, encuentros que alimenten el alma y la tranquilidad de saber que siempre hay alguien que nos quiere… y a quien también debemos querer de vuelta.
Una llama que nos recuerda que somos importantes para alguien, y que ellos lo son para nosotros. Que nos invite a dejar que el amor de la Madre —la Madre con mayúscula— nos cubra, nos guíe y nos enseñe a ser humildes, agradecidos y más conscientes del milagro cotidiano de estar vivos.
Que cada velita sea una oración por quienes están lejos, un deseo luminoso por quienes ya no están, un pedido sincero de sabiduría, paciencia, entendimiento, comunicación, discernimiento… y por qué no, un poquito de humor para sobrellevar la vida.
Y tu, qué vas a pedir con tu velita esta noche?
Mis à jour... 12.12.2025
