Hay películas que no solo cuentan una historia, sino que nos abren una puerta hacia nuestras propias memorias. Goodbye June es una de ellas: un recordatorio silencioso de que las despedidas no siempre llegan cuando estamos listos, y que el amor, la pérdida y la fragilidad humana están tejidos en la vida misma. Esa energía me llevó a reflexionar sobre mi propia experiencia con la ausencia, el dolor y el aprendizaje que deja acompañar a alguien en su último tramo.
Quizás pueda parecer indolente, y no pretendo juzgar el dolor ajeno. Solo hablo desde mi propia herida y de cómo he intentado trabajar en ella para no caer en la tristeza, la nostalgia o la tan mencionada depresión.
He sentido más depresión por la ausencia y la decepción de los vivos que por la partida de quienes se han ido dejando un vacío enorme en mi vida y en mi corazón. Parto de una certeza simple, casi obvia: todos nacemos y, al final, todos morimos. La muerte es parte de la vida. Todo lo que existe —incluidos los elementos mismos del universo— muere, se rompe, explota o simplemente deja de ser en algún punto de este recorrido del existir.
Palabras quizá demasiado filosóficas.
Me asusta pensar que los seres humanos no sepamos reconocer nuestros límites, y uno de ellos es precisamente la fecha de caducidad de la vida que Dios —o el universo— nos dio. La caducidad de nuestra energía en este mundo material. Nuestra materia tiene una fecha de expiración y, aun así, seguimos evitando hablar de estos temas que, con o sin nosotros, son inherentes a la existencia.
Lo único seguro en la vida es la muerte. Las enfermedades o los accidentes pueden ocurrir o no. Pero basta con respirar para que un día el aire falte. Basta con estar vivo para que un día ya no lo estemos. Eso es seguro.
Aun siendo conscientes, aunque desde la primaria nos enseñan que los seres “nacen, se reproducen y mueren”, concebimos la muerte como castigo, la enfermedad como infortunio y los accidentes como algo que no debería suceder. Así se construyen el miedo y los mitos en torno a la muerte. Nos volvemos emocionales, evitamos gestionar el dolor y, a veces, nos victimizamos con el sufrimiento. El dolor lo entiendo; el sufrimiento, en cambio, es una elección. Como elegir ser feliz con lo que hay y con lo que eres, también puedes elegir no sufrir, no hundirte en ese papel de víctima de tu propio dolor.
Enfermedades como el cáncer, pese a todos los avances médicos, siguen existiendo. Cada día miles de personas mueren a causa de esta enfermedad, pero millones sufren alrededor de ella. A veces quienes la padecen son más valientes que quienes los acompañan.
El cáncer, al final, es una enfermedad natural del desgaste de nuestros órganos: por excesos o ausencias, por hábitos, por desconocer nuestro cuerpo y lo que necesita. Pero, más allá de su origen, tener un enfermo de cáncer en la familia puede convertirse en una experiencia profundamente espiritual y emocional.
Es aprender del ser. Es conocer al paciente desde un lugar íntimo. Es relacionarse con la vida desde la gratitud: gracias por su existencia, por permitirnos acompañarlo, por compartir este proceso. Es aprender a ser empáticos con el dolor del otro. Cuando la familia se cierra en su propio dolor, está siendo egoísta. Y cuando el paciente guarda para sí su angustia, también lo es: el dolor interior puede llegar a ser más fuerte que el físico.
El cáncer toca un hilo muy delgado de la existencia. Puede ser una oportunidad para crecer y replantear el propósito de vida, tanto del paciente —que aún está aquí— como de quienes lo cuidan. Es un vínculo emocional y espiritual que permite al cuidador sostener con amor, y al paciente, descansar un poco del peso que carga el cuerpo… y el alma.
Esto es solo un bosquejo de lo que cargo en mi alma y en mi pensamiento. El cáncer transformó la vida de mi madre en sus últimos meses. Transformó también mis propósitos personales, mi perspectiva sobre la muerte, sobre la vida y sobre todo lo que me rodea en este mundo.