martes, 28 de julio de 2026

¿Es posible que en pareja existan temas vetados?

 ¿Es posible que en pareja existan temas vetados? ¿Cuánto de mí sigue siendo solo mío cuando decido compartir mi vida con otra persona? ¿Realmente debemos contarlo todo?

No estoy segura de que exista una única respuesta. En mi opinión, cualquiera que sea, ambos miembros de la pareja deberían caminar desde la misma perspectiva o, al menos, comprender y respetar la del otro.

Este artículo no pretende decir qué está bien y qué está mal. Cada pareja encontrará su propia respuesta dentro de su universo.

Desde la psicología, muchos terapeutas describen la relación de pareja a partir de tres espacios que conviven al mismo tiempo:

Mi mundo. Tu mundo. Nuestro mundo.

Nacemos solos y crecemos dentro de nuestra propia burbuja. En algún momento del camino aparece alguien con quien elegimos compartir la vida, convivir y construir un proyecto común. Pero esa persona también viene de su propia burbuja: con una historia diferente, heridas distintas, aprendizajes únicos y una forma de entender el mundo que nunca será idéntica a la nuestra.

Quizás la verdadera magia no consiste en romper esas burbujas para convertirlas en una sola, sino en acercarlas lo suficiente para crear un nuevo espacio compartido: nuestro mundo, sin destruir el mío ni el tuyo. Porque una relación sana no exige desaparecer como individuo para convertirse en pareja.

Desde una mirada espiritual —sin entrar en una perspectiva religiosa— también se cuestiona la idea de la "media naranja". En lugar de pensar que dos mitades se unen para formar un todo, propone que cada persona llegue completa a la relación.

Si aceptamos esa idea, la individualidad deja de verse como una amenaza y comienza a entenderse como una riqueza.

Pienso que el amor maduro, respetuoso y comunicativo no pretende conocer absolutamente todos los rincones del otro. No porque existan barreras entre ambos, sino porque comprende que toda persona conserva un espacio interior que también merece ser respetado. Compartir una vida no significa renunciar por completo a la intimidad; significa construir confianza para caminar juntos.

Quizás por eso Rainer Maria Rilke en alguno de sus párrafos de Cartas a un joven poeta, concluyó algo que en resumen dice:

"Amar consiste en proteger la soledad del otro."

Protegerla, no juzgarla. Cuidarla, no invadirla. Respetarla, comprenderla y aceptarla. Y, al terminar cada día, volver a elegir recorrer el mismo camino con esa persona.

Ahora bien, hablar de individualidad también nos lleva a una distinción importante: no es lo mismo la intimidad que el secreto.

Parto de una idea que puede resultar controvertida: no todo aquello que no se dice representa un problema. Muchas veces, simplemente forma parte de nuestro mundo interior.

En psicología existe una diferencia clara entre ambos conceptos.

Privacidad: existen partes de mi mundo interior que me pertenecen. No necesito compartir absolutamente todo para amar a alguien.

Secreto: oculto algo porque temo las consecuencias que tendría si la otra persona lo descubriera.

La diferencia parece sutil, pero cambia por completo el significado del silencio.

La individualidad sana necesita espacios privados. Una pareja no deja de ser dos individuos para convertirse en una sola identidad. Sin embargo, cuando aquello que callamos modifica el proyecto de vida compartido o pone en riesgo la confianza, deja de ser privacidad para convertirse en ocultamiento.

Y entonces aparece la pregunta que, para mí, resulta realmente interesante:

¿Hasta dónde llega el derecho a la individualidad y dónde comienza el compromiso con la transparencia?

Tal vez la respuesta no exista de forma universal. Cada pareja establecerá sus propios límites, sus acuerdos y aquello que considera indispensable compartir.

Esos límites pueden abrir brechas profundas o convertirse simplemente en pequeñas diferencias que una conversación sincera puede resolver. Lo importante no es que todas las parejas lleguen a la misma conclusión, sino que ambas personas conozcan el lugar desde donde hablan y respeten el espacio del otro.

Porque, al final, quizás las relaciones más sanas no sean aquellas donde todo se dice, sino aquellas donde ambos han aprendido a distinguir entre lo que protege la intimidad y lo que termina dañando la confianza.

Y esa conversación, sospecho, nunca termina. Tal vez de eso también se trate el amor: de seguir conversando, de seguir descubriéndose y de seguir eligiéndose, una y otra vez.

lunes, 13 de julio de 2026

Lago San Bernardo, Mastigouche

 ¿Cuánto aire puedo respirar y guardar en mis pulmones, en mi pecho, en mi ser, para conservarlo durante los días que me esperan antes de volver a vivir una experiencia al aire libre?

Muy poco, me temo.

Hay una paz inmensa que se siente cuando, aun teniendo los pies sobre la arena, el agua los cubre una y otra vez, empujada por el viento y las olas, en un lugar donde la vista no exige nada más que contemplar. Un paisaje que no intenta impresionarte; simplemente existe, y con eso basta para recordarte que la calma también tiene un lugar en el mundo.

Es un lugar donde pareciera que el internet hubiera sido bloqueado a propósito, como si alguien quisiera obligarte, con infinita delicadeza, a despertar los sentidos. A respirar el oxígeno limpio, escuchar el viento entre las hojas, sentir el agua fría sobre la piel, observar los pequeños animales silvestres, contemplar los infinitos tonos de verde y dejar que el olor de la madera húmeda envuelva cada pensamiento. Un fin de semana que oprime, sin pedir permiso, el botón de reinicio en lo más profundo de las entrañas.

Y, aun así, un fin de semana resulta insuficiente.

Se queda corto para todo lo que quisiera descubrir en un lugar así. Incluso para el simple placer de dormir hasta tarde dentro de la tienda de campaña, arrullada por el ruido de la naturaleza y por la sombra de árboles gigantes vestidos de verde. También por las voces lejanas de otras personas que hablan, ríen, cocinan o simplemente disfrutan del mismo privilegio: detener el tiempo por un instante.

Me habría gustado despertar sin reloj, elegir un sendero cualquiera y caminar sin pensar en la hora. Perderme un poco entre los árboles, detenerme donde el paisaje me invitara, regresar cuando el cuerpo lo pidiera y no cuando el reloj lo ordenara. Llegar al atardecer, sumergirme una vez más en el lago, dejar que el agua se llevara el cansancio y volver a la tienda únicamente para descansar.

Olvidar la rutina de correr, de producir, de cumplir horarios. Incluso olvidar por un momento la obligación de comer porque el hambre deja de ser prioridad cuando el alma, por fin, se siente alimentada. Respirar a mi propio ritmo. Ir y venir sin prisa. Sentarme sobre la arena durante horas mirando un cielo tan inmenso que hace parecer diminutas todas las preocupaciones que traje conmigo.

El lago quedó a cientos de kilómetros de distancia, pero durante el viaje de regreso me di cuenta de que una parte de él venía conmigo. Me traje el silencio. Me traje el olor del bosque después de la lluvia. Me traje el cansancio agradable de un cuerpo que caminó mucho y descansó mejor. También me traje ese extraño "guayabo" que deja la felicidad cuando termina demasiado pronto.

Habría pagado, sin pensarlo dos veces, un día más. Un amanecer más. Un baño más en el lago. Una caminata más entre los senderos. Un día más de tierra húmeda, de frío por la mañana y de sol tibio por la tarde. Un día más sin que nadie esperara nada de mí.

Pero el camino de regreso siempre llega.

Mientras el paisaje desaparecía por la ventana del carro, los árboles comenzaron a convertirse otra vez en edificios, el silencio en tráfico y el aire limpio en la costumbre. Poco a poco fui sintiendo cómo esa calma que había respirado durante dos días empezaba a hacerse pequeña dentro de mí, como si intentara protegerla antes de que el mundo volviera a reclamar su espacio.

Sé que mañana cruzaré nuevamente la puerta de mi trabajo y me encontraré entre las mismas cuatro paredes de siempre. Volverán las listas de pendientes, las conversaciones apresuradas, las pantallas y los horarios. Y quizá esa paz se esconda por un tiempo bajo todas esas obligaciones.

Pero también sé que ya conozco el camino de regreso hacia ella.

Porque ahora sé que existe un lugar donde el tiempo avanza más despacio, donde el cuerpo vuelve a respirar y el alma deja de sobrevivir para empezar, aunque sea por unos días, a vivir de verdad. Y tal vez la verdadera tranquilidad no consista en quedarse para siempre junto al lago, sino en aprender a llevar un pequeño pedazo de él dentro de uno mismo, incluso cuando la rutina vuelva a cerrar la puerta detrás de nosotros.


Lago San Bernardo. Reserva Forestal Mastigouche, Qc.




lunes, 6 de julio de 2026

PéribonKa

 

En momentos, sin ideas para escribir, esta bien leer un rato y extraer un pedacito del libro de turno.

Este fragmento es hermoso, es delicado, es la expresión de una mujer enamorada. En un corto párrafo describió un solo instante de su vida en el que siguió eligiendo por su pareja y proyectó con él su futuro en un lugar único y significativo para ella.





Hecho en canva


Traducción inédita:

"Dormimos en donde por los siguientes meses sería nuestra casa. Un día, levantare mis pequeños  y me preocupare por ellos cuando el viento del norte sople fuerte y la nieve amenace de enterrarnos vivos. Pero esa tarde, sería la primera noche en el Péribonka, solo contaba el instante dónde yo podia sentir el pecho de mi hombre palpitar sobre mi espalda."


En mi opinión, se lee más hermoso en francés. 

Ikigai: "razón de ser"

  Ikigai (生き甲斐) es una palabra japonesa que suele traducirse como "razón de ser" o "razón para vivir" . Pero, en reali...