martes, 14 de abril de 2026

El sabor de mi paz

 Si tu paz tuviera un sabor… ¿a qué sabría?

Intentar darle un sabor a mi paz no es fácil. Primero tendría que tomar una fotografía mental, una instantánea en medio de la rutina, para capturar el nivel de calma que habita en mí justo en el momento en que el flash ilumina mi alrededor. Porque la paz, como las emociones más sinceras, no siempre se deja medir con precisión. A veces solo se siente… o se intuye.

Sin sobrepensarlo demasiado —porque al final no es un examen— prefiero ser práctica y quedarme en el momento presente. Dar valor al lugar donde estoy, a las personas con quienes comparto este tramo del camino, a la distancia inevitable de quienes también ocupan un lugar importante en mi vida. Y, tal vez, comparar con un “antes” no muy lejano para reconocer cuánto ha cambiado mi paisaje interior.

Mi paz, casi siempre, ha tenido sabor a café. Un café caliente, oscuro, con ese aroma que despierta el alma a las siete de la mañana. Hay un recuerdo muy claro en mi memoria: la oportunidad de hospedarme en un hotel rodeado de cafetales, en una finca en pleno corazón de los sembrados de café de mi país. Aquella mañana no me despertó el sonido de una alarma, sino el olor profundo del café recién preparado… olor a casa, a origen, a leña.

El rocío de la mañana intensificaba el perfume de los cafetos en el aire. Era una mañana húmeda y tibia, con una neblina suave posada sobre las copas de los árboles. La escena parecía una extensión perfecta de la taza caliente que sostenía entre mis manos: vapor delicado, aroma intenso, sabor profundo. Un café de campo, lleno de calma, capaz de tocar el alma y el corazón al mismo tiempo.

A ese sabor le agregaría una buena compañía. Una conversación sencilla o profunda, no importa. Una persona con quien compartir el silencio o las palabras, alguien que entienda que hay momentos en los que la vida se resume en disfrutar un buen café en un paisaje hermoso. El aquelito es una excelente compañía y en ese pequeño ritual encontraría, sin duda, uno de los mejores candidatos al sabor de mi paz. Una paz con aroma a campo… y un leve matiz de amor. ¿Qué más podría pedir?

Aunque si estuviera sola, sería otro tipo de sabor de paz, de esas que se necesitan de vez en cuando, cuando solo quiero compartir mi paz con mis sorbos y mis pensamientos amargos o dulces, con o sin azucar, pero plenos de café.

Pero por otro lado, —y recordando un escrito anterior— mi paz podría tener otro sabor. Tal vez un sabor a piña colada. Un sabor que evoca un paisaje de playa, donde el mar salado juega con la orilla y humedece la arena tibia. El dulzor fresco de la piña madura que toca los labios y refresca en medio del calor. Una paz con color amarillo brillante, como el sol reflejándose sobre el agua, como la arena clara entre dorada y blanca, como la fruta jugosa que conserva matices verdes de frescura bajo la sombra de las palmeras.

Tal vez mi paz no tenga un solo sabor… tal vez cambie con el tiempo, con los lugares, con las personas y con las etapas de la vida.

Pero hoy, si tuviera que elegir, diría que mi paz sabe a café de campo… y a piña colada frente al mar.

Y tú… ¿a qué sabe tu paz?




lunes, 13 de abril de 2026

Peldaños en nuestra historia

 Hay relaciones —de pareja, de amigos, incluso familiares— que inspiran. Son ese complemento que encontramos en determinados momentos de la vida. Ese eslabón que logra unirnos a nuestro éxito. Que nos acerca a nuestras pasiones, a nuestras metas, a esa versión de nosotros mismos que todavía está en construcción.

Puede que, muchas de esas relaciones sean solo pasajeras. Solo por un tiempo… por un “mientras tanto”. Un tiempo en el que quizá solo necesitábamos que estuvieran ahí, como el peldaño necesario para iniciar, o para continuar ese camino que, aunque a veces incierto, parece estar trazado de forma inquebrantable en nuestra historia.

Cuando hago memoria de mi vida, reconozco que muchas personas aparecieron  en un momento preciso. En ese instante en el que yo necesitaba aprender algo, entender algo, transformar algo. Y entonces, como si el universo conspirara silenciosamente, nos cruzamos en un punto para ayudarme a reenfocar mis propósitos. Y espero siempre haber aportado tambien a sus vidas en ese momento tambien.

Son personas que tal vez no volvemos a ver con el tiempo, pero cuya presencia dejó una huella clara. Cumplieron su misión en nuestro recorrido. O puede que sean de aquellas que volveremos a encontrar en alguna esquina de la vida, y el reencuentro será un abrazo sincero que resume el bien que nos hicieron… o simplemente un gesto cómplice que nos recuerde que estuvieron ahí cuando más lo necesitábamos.

Pudo ser una palabra, un consejo, una opinión o una recomendación. Otras veces fue un apoyo silencioso, un préstamo inesperado, una presencia que ayudó a alinear nuestras emociones para continuar el rumbo sin perder el horizonte.

Puede ser la persona que nos inspiró a seguir adelante con nuestras pasiones para cumplir un sueño. Puede ser quien llenaba la copa de vino cuando la vida sabía amarga. Puede ser quien recomendó nuestro CV cuando dudábamos de nuestro valor. Puede ser quien creyó en nosotros cuando nuestra propia perspectiva estaba nublada. Puede ser quien oró en silencio por nuestras intenciones más difíciles. O incluso quien nos empujó fuera de la zona de confort, recordándonos que el riesgo también es una forma de crecer.

Sin importar quién haya sido, ni cómo haya extendido su mano, hoy puede ser un buen día para agradecer —aunque sea en voz baja— a todas esas personas que, de una forma u otra, contribuyeron a que hoy sigamos en pie… avanzando, aprendiendo, intentando, viviendo.

Ikigai: "razón de ser"

  Ikigai (生き甲斐) es una palabra japonesa que suele traducirse como "razón de ser" o "razón para vivir" . Pero, en reali...