Si tu paz tuviera un sabor… ¿a qué sabría?
Intentar darle un sabor a mi paz no es fácil. Primero tendría que tomar una fotografía mental, una instantánea en medio de la rutina, para capturar el nivel de calma que habita en mí justo en el momento en que el flash ilumina mi alrededor. Porque la paz, como las emociones más sinceras, no siempre se deja medir con precisión. A veces solo se siente… o se intuye.
Sin sobrepensarlo demasiado —porque al final no es un examen— prefiero ser práctica y quedarme en el momento presente. Dar valor al lugar donde estoy, a las personas con quienes comparto este tramo del camino, a la distancia inevitable de quienes también ocupan un lugar importante en mi vida. Y, tal vez, comparar con un “antes” no muy lejano para reconocer cuánto ha cambiado mi paisaje interior.
Mi paz, casi siempre, ha tenido sabor a café. Un café caliente, oscuro, con ese aroma que despierta el alma a las siete de la mañana. Hay un recuerdo muy claro en mi memoria: la oportunidad de hospedarme en un hotel rodeado de cafetales, en una finca en pleno corazón de los sembrados de café de mi país. Aquella mañana no me despertó el sonido de una alarma, sino el olor profundo del café recién preparado… olor a casa, a origen, a leña.
El rocío de la mañana intensificaba el perfume de los cafetos en el aire. Era una mañana húmeda y tibia, con una neblina suave posada sobre las copas de los árboles. La escena parecía una extensión perfecta de la taza caliente que sostenía entre mis manos: vapor delicado, aroma intenso, sabor profundo. Un café de campo, lleno de calma, capaz de tocar el alma y el corazón al mismo tiempo.
A ese sabor le agregaría una buena compañía. Una conversación sencilla o profunda, no importa. Una persona con quien compartir el silencio o las palabras, alguien que entienda que hay momentos en los que la vida se resume en disfrutar un buen café en un paisaje hermoso. El aquelito es una excelente compañía y en ese pequeño ritual encontraría, sin duda, uno de los mejores candidatos al sabor de mi paz. Una paz con aroma a campo… y un leve matiz de amor. ¿Qué más podría pedir?
Aunque si estuviera sola, sería otro tipo de sabor de paz, de esas que se necesitan de vez en cuando, cuando solo quiero compartir mi paz con mis sorbos y mis pensamientos amargos o dulces, con o sin azucar, pero plenos de café.
Pero por otro lado, —y recordando un escrito anterior— mi paz podría tener otro sabor. Tal vez un sabor a piña colada. Un sabor que evoca un paisaje de playa, donde el mar salado juega con la orilla y humedece la arena tibia. El dulzor fresco de la piña madura que toca los labios y refresca en medio del calor. Una paz con color amarillo brillante, como el sol reflejándose sobre el agua, como la arena clara entre dorada y blanca, como la fruta jugosa que conserva matices verdes de frescura bajo la sombra de las palmeras.
Tal vez mi paz no tenga un solo sabor… tal vez cambie con el tiempo, con los lugares, con las personas y con las etapas de la vida.
Pero hoy, si tuviera que elegir, diría que mi paz sabe a café de campo… y a piña colada frente al mar.
Y tú… ¿a qué sabe tu paz?
