La primera vez que me dijeron vamos a acampar, contaba los días como niña chiquita, para que llegara la fecha.
Mi experiencia más cercana a hacer campamento era con
cobijas sostenidas por los cojines y los brazos de las sillas de la sala
de mi casa, cuando era tan solo una chiquilla. También vi a mis hijos de chicos, repetir la misma experiencia.
Desde las épocas de mis hijos han pasado al menos unos 18 años. Fueron ellos, ya adultos, quienes me
invitaron a hacer un campamento de verdad. Al lado del río, con tiendas de
campaña, llevando trastes y ollas y rellenando las cajuelas de los carros con todos los preparativos.
Llevaba conmigo la expectativa de la primera vez y
una sonrisa de oreja a oreja de mi nueva experiencia al aire libre. Mi hijo me
advertía: vamos a estar lejos de la civilización, en medio de la nada, sin internet, sin electricidad, sin televisor. Pero tambien me decía que era hermoso el sitio a donde iriamos.
Como era la primera vez, casi que empaco hasta la plancha
del pelo, pero como no encontraría enchufe concluí que sería mejor dejar mis rizos al aire. Esto fue el año pasado, a mediados de agosto. Iban mis dos hijos, cada uno con su pareja y yo iba con mi “aquelito”, para quien tambien sería la primera vez.
Recorrimos casi tres horas por autoruta y una hora más por
carretera destapada. Era un camino pedregoso para vehículos, entre bosques espesos. Antes de tomar este camino, entramos a
lo que sería el último comercio antes de perdernos en el paisaje. Compramos los últimos detalles, carbon, encendedor, pilas, y unos snacks
para calmar mi ansiedad.
El paisaje de entrada muy lindo, arboles altos, llenos de verde vivo en sus hojas. Muchos caminos que se habrían y se perdían entre los arbustos. Era un lugar solitario, silencioso, con los ruidos de los pajaros y del calor del verano.
Cuando llegamos a la recepción, pasada una hora, el sol se
había ocultado. En serio me ví leeeeeeeejos de la civilización. Pero muy cerca de una paz en demasía y mi corazón entro en una calma completa. Mi pulmones repiraban profundo tratando de inundar mi cuerpo con aire tan limpio y con tanta paz.
Con algunas lamparas de aceite y de baterías iluminamos el
espacio para abrir las carpas, instalamos el asador, la cocina improvisada porque teníamos hambre y mientras unos habrian las tiendas, otros encendían el fuego para unas hamburguesas.
Las neveras portátiles llenas de bebidas, de hielo, de agua,
de carnes y otros productos para el fin de semana. Me sentía realmente complacida por este momento, por este
lugar, por quienes estábamos reunidos, por esa
noche, ese silencio por toda esa experiencia que anotaría en el libro de mi existencia.
Desde la mesa que servía de comedor y en la cual cabíamos
holgadamente vimos como el cielo nos regalo una luna casi plena, iluminaba
la noche tibia y se reflejaba en la porción del río que acompañaba nuestro
espacio.
Hacía mucho tiempo que no compartía con mis hijos, creo que en esa parte tambien para ellos era una primera vez, por eso la experiencia fue mas que memorable y destinada a ser recordada. Hablamos, reímos, jugamos, comimos, intentamos recuperar tanto tiempo perdido y reconocernos despues de tanto tiempo.
Entrada la oscuridad nos acostamos, compartimos la tienda que estaba dividida en “habitaciones” instalamos los colchones inflables y en el silencio espeso de la naturaleza escuchamos, desde muy lejos, los aullidos de los lobos. Creo que se me aguaron los ojos de la emoción que sentí en aquel momento. Hasta hoy, un año después no olvido la combinación de sus aullidos con el silencio del lugar.
Mas allá de pensar en el temor que se acercaran, era sentir un aullido
nunca escuchado, tan vibrante, tan salvaje, tan natural. No me lo creía. Eso
fue la cereza del postre de toda esta aventura.
La mañana siguiente un aprendizaje continuo, preparar
desayuno en esa ausencia de utensilios, pero todos ponían sus manos en algo. El
objetivo era ir a caminar por el bosque y hacer kayak. Nos llevamos algunas
provisiones, ropa de cambio, el vestido de baño, de acuerdo con las sugerencias
de mi hijo, que ya conocía el lugar.
Mis palabras no alcanzan a describir la majestuosidad del
lugar, (Parque Kiamika), ¡inolvidable! ¡Paisajes increíbles, aguas
transparentes y limpias con unas playas de arena blanca hermosas! Se podía contar con los dedos de las manos las personas que estaban con
nosotros. No había turistas, ni vendedores, ni tiendas de playa, solo el río,
los kayaks, otros en canoas y todos a remo. Nada de motores.
Remé como si se me acabara el tiempo de disfrutar todo este paisaje. Me hundí en el agua para bautizarme en estas tierras y conectar con este paisaje, con la experiencia, con mi sentir, con mi ser madre y con mi ser de esposa. Conecté con mis hijos, con mi nuera, con mi yerno y con el aquelito de mi vida.
Fue una grandiosa experiencia. Este año volvimos a acampar, en
un lugar distinto, hermoso también. Pero este escrito esta dedicado a la
primera vez y al factor sorpresa, porque aún me gusta sorprenderme de la vida y maravilloso es poder contarlo!

Compartir con los hijos es volver a conectar con las raíces, con la primera vez que fuimos uno. Es agradecer por ese "factor sorpresa" que siempre nos deja una lágrima en el alma y un sabor a mas en el corazón.
ResponderEliminarDisfruto mucho leerte!!! Buena tarde para ti.,