Desilusionarse, desengañarse, desencantarse. Todo lo contrario a ilusionarse, a encantarse, o a engañarse quizás con una realidad que nunca es, que nunca fue.
Creo que a diario nos andamos decepcionando
de los demás y de nosotros mismos. Es fácil, solo se plantea un
horizonte, una expectativa, una ilusión de cómo será el futuro, de cómo podrá
ser una persona, de lo que se espera del otro o de mi mismo y al cabo del
tiempo se percibe que nada era como se esperaba, que nada es como habíamos
pensado.
En las relaciones, no solo de pareja, sino entre amigos y
familiares o inclusive hasta en el trabajo se dan las decepciones.
Luego de las entrevistas de contratación, el empleador dibuja unas expectativas, traza unos objetivos que se esperan cumplir con la persona contratada y cuando pasa el tiempo, el periodo de prueba o quizás algunos años de por medio, la realidad es otra. Los indicadores se fueron a pique, el trabajo no fue enfocado como se planteo. O la empresa no resultó lo que expusieron, no dieron los bonos prometidos, no hubo el crecimiento profesional que decían iba a existir. Todo el encanto y la conquista brindada durante el proceso de contratación, al final, resultó ser un fraude.
Nos callamos palabras o decimos más de la cuenta y obramos más allá de nuestras palabras o menos de lo que prometimos. La verdad?... ser lo mas acorde o coherente con nuestros discursos.
El mundo abunda con los fraudes y las estafas, en la
familia, en la vida en pareja, entre amigos, entre compañeros de trabajo, en el
mismo trabajo. Lo que esperábamos del otro no se dio. No bastaran las
charlas, ni las disculpas porque la decepción ya se consumió, el tiempo ya se perdió, no es
recuperable la inversión realizada desde el principio.
Esperábamos más de los que nos ofrecieron. El mundo quizás
cuando éramos pequeños era más prometedor que la realidad que encontramos
cuando nos hicimos adultos.
Ni que decir de la decepción de uno mismo, cuando nosotros mismos nos prometemos hacer o ejecutar tareas, iniciar proyectos, trabajar fuertemente por un objetivo, pero con el paso del tiempo, se pierde la motivación, el interés, procrastinamos, boicoteamos nuestro cerebro y nuestra autoestima. Al final nos desilusionamos de nosotros mismos. Creíamos ser capaces, pero no lo fuimos o ni siquiera lo intentamos. Y nuestros golpes al ego y a nuestra autoestima son mas duros pero tambien duele ver que los demás se decepcionen de nosotros.
Duele que nos bajen del concepto donde nos tenían o que se desdibuje nuestra imagen de sus corazones y de sus mentes.
Creo que nuestros discursos a veces se dan por las emociones espontáneas y el otro pensando que son la realidad completa.
¿Complejo no? porque volvemos al tema de la perspectiva.
Duele la decepción, duele la pérdida de esa confianza, duele
todo el tiempo perdido y duele también arrancar de nuevo.

Siempre me digo que las palabras tienen que ir acompañada con la acción. Porque el sentimiento de porque el golpe de la decepción duele más que un enojo...para mi por lo menos y les digo a mis hijos: el enojo se pasa...la dolencia de una decepción te deja un resquemor en el alma difícil de recomponer.
ResponderEliminarPlacer leerte siempre Glenda!!!
El enojo pasa, el resquemor obliga a tomar distancia, porque dejas de creer y como dices, es dificil de recomponer. Gracias por tus comentarios.
ResponderEliminarGracias a vos!!!
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