Luego de un silencio, simplemente le dije: “adiós” y colgué. Esa sería la última llamada de nuestra vida, sobre todo de la vida de ella.
Me quedé sentado en el borde de la cama no sé cuánto tiempo,
quizás horas, pensando en ella, recordando nuestros momentos. Una nostalgia
profunda me invadió. Alcancé a ver inundados mis ojos de lágrimas, pero ni una gota
de agua salada vertieron.
Los recuerdos llegaron a mi mente, momentos al lado de Nora
se pasaron como una película por mi cabeza. Fuimos felices. De algún modo la
quise o la amé, aunque no debía.
Ella era una ejecutiva corporativa de una oficina de
abogados. La empresa en la que trabajaba y su oficina quedaban en el mismo piso
donde quedaba “Mentes Creativas” donde yo trabajaba. Mi espacio era una sala grande, llena
de planos y computadores donde se creaba publicidad.
Ella llamó mi atención desde la primera vez que la vi.
Coincidimos en el ascensor. Cruzamos un par de miradas, sonrisas y un cálido
saludo de buenos días, luego de eso me lancé como jaguar en su cacería, pero no
fue difícil.
Nora era una mujer madura, mayor que yo, esbelta, hermosa,
elegante y sobre todo inteligente. Mi atención fue correspondida de inmediato,
sin dudas, sin demoras, era como si ella supiera el camino que recorreríamos. Eso me gustó.
Nora estaba casada, me lo dijo la segunda vez que salimos.
Esa noche, nos pasamos un poco de copas, lo suficiente para disfrutar del
momento, de la noche, de nosotros. No pregunté nada y ella no advirtió nada.
Sin estar pendiente de su reloj o su teléfono, pasó esa noche conmigo. Al
día siguiente pidió un auto que la llevaría a su casa, se despidió, me llenó de
besos bajo las sábanas y se fue.
A veces respondía mis llamadas, a veces no. Era una relación
sin drama. Ella me gustaba. Durante dos años marcó mi vida. Viajamos varias
veces, un día o dos. Sólo una sola vez escapamos por una semana. A veces se alejaba
para contestar el teléfono o para hacer llamadas. Aunque yo no tenía nada que
esconder, encontraba mis momentos para tomar distancia. Yo tenía amigas, a quienes utilicé en los días que Nora desaparecía. Pero juro que, durante esos dos
años, solo dediqué mi tiempo a Nora. No había nadie más.
No había reproches en nuestra relación, ella era una sabia y manejaba la situación a su gusto, con su inteligencia y yo, debo reconocerlo, solo me acomodé a sus tiempos. Mis compañeros de trabajo y mi jefe sospecharon, pero nunca les confirmé nada. Porque al final, controlé mis sentimientos y puse freno a mi desenfreno.
Peleamos fuerte dos veces. Dos ocasiones
en las que, aun queriendo tiempo para los dos, nuestros tiempos entre su
familia y nuestros trabajos no coincidieron. Hubo reclamos en esas dos peleas, nos
dijimos cosas fuertes, parecíamos una pareja normal. Un ramo de rosas de mi
parte solucionaba todo, no quería perderla y ambos conocíamos las
condiciones.
Ella conoció a mi familia, la llevé en navidad a casa de mis
padres. La presenté con ellos y mis hermanos. Nunca había llevado a alguien, entendieron que
ella me importaba. Fue solo un par de horas, luego la llevé a su casa y la dejé
en la puerta sin esperar que entrara.
Nora me hablaba siempre de su familia, de sus proyectos, de
lo que le gustaría hacer después de los cincuenta. Hablábamos en inglés, aprendíamos
italiano, escuchábamos música y veíamos pelis con palomitas de maíz y cerveza.
Teníamos gustos en común. Y mi casa era su refugio, un lugar de descanso y donde,
como ella decía, podía ser ella.
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