Hay relaciones —de pareja, de amigos, incluso familiares— que inspiran. Son ese complemento que encontramos en determinados momentos de la vida. Ese eslabón que logra unirnos a nuestro éxito. Que nos acerca a nuestras pasiones, a nuestras metas, a esa versión de nosotros mismos que todavía está en construcción.
Puede que, muchas de esas relaciones sean solo pasajeras. Solo por un tiempo… por un “mientras tanto”. Un tiempo en el que quizá solo necesitábamos que estuvieran ahí, como el peldaño necesario para iniciar, o para continuar ese camino que, aunque a veces incierto, parece estar trazado de forma inquebrantable en nuestra historia.
Cuando hago memoria de mi vida, reconozco que muchas personas aparecieron en un momento preciso. En ese instante en el que yo necesitaba aprender algo, entender algo, transformar algo. Y entonces, como si el universo conspirara silenciosamente, nos cruzamos en un punto para ayudarme a reenfocar mis propósitos. Y espero siempre haber aportado tambien a sus vidas en ese momento tambien.
Son personas que tal vez no volvemos a ver con el tiempo, pero cuya presencia dejó una huella clara. Cumplieron su misión en nuestro recorrido. O puede que sean de aquellas que volveremos a encontrar en alguna esquina de la vida, y el reencuentro será un abrazo sincero que resume el bien que nos hicieron… o simplemente un gesto cómplice que nos recuerde que estuvieron ahí cuando más lo necesitábamos.
Pudo ser una palabra, un consejo, una opinión o una recomendación. Otras veces fue un apoyo silencioso, un préstamo inesperado, una presencia que ayudó a alinear nuestras emociones para continuar el rumbo sin perder el horizonte.
Puede ser la persona que nos inspiró a seguir adelante con nuestras pasiones para cumplir un sueño. Puede ser quien llenaba la copa de vino cuando la vida sabía amarga. Puede ser quien recomendó nuestro CV cuando dudábamos de nuestro valor. Puede ser quien creyó en nosotros cuando nuestra propia perspectiva estaba nublada. Puede ser quien oró en silencio por nuestras intenciones más difíciles. O incluso quien nos empujó fuera de la zona de confort, recordándonos que el riesgo también es una forma de crecer.
Sin importar quién haya sido, ni cómo haya extendido su mano, hoy puede ser un buen día para agradecer —aunque sea en voz baja— a todas esas personas que, de una forma u otra, contribuyeron a que hoy sigamos en pie… avanzando, aprendiendo, intentando, viviendo.
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