En español puedo dar un discurso con toda la elegancia de una reina hispanohablante. Con años de práctica, palabras que bailan solitas y hasta algún chiste que se entiende sin explicaciones. Pero la vida, decidió ponerme en modo “aprender francés”. Un idioma tan hermoso como complicado, con sus r que parecen tragarse a sí mismas y su ortografía que parece diseñada por un poeta despistado.
No les miento: en mi cabeza hablo francés con una fluidez digna de la Sorbona. Pronunciación perfecta, vocabulario extenso… Soy casi la Meryl Streep de los idiomas. Pero basta con que alguien me mire, solo con que me diga salut, y mi cerebro hace… clic: pantalla en blanco. Lo único que falta es que salga el ícono de la ruedita girando.
He pensado que debería escribir en francés. Combinar los dos idiomas. Quizás incluso inventar el spanglérançais. Sería un hit.
Pero en medio de mis batallas lingüísticas apareció un programa del gobierno fuera de serie, muy nuevo para mi: ellos te buscan un hablante nativo, quien en forma voluntaria brinda su tiempo para conversar, como si fuera tu entrenador personal del idioma. Lo llaman “jumelage”. En principio me sonó a aplicación de citas, y en realidad iba a una cita a ciegas, pero en versión filológica.
Y sí, me tocó la mejor. Nos encontramos, y en la primera charla yo, que siempre empiezo con miedo, terminé riéndome como si nos conociéramos desde la secundaria. Hablamos de libros, películas cuyos gustos eran muy parecidos, familia, trabajo… incluso descubrimos que casi coincidimos haciendo rafting en el mismo lugar y en la misma fecha y casi que tenemos los mismos hobbies como hacer kayak y acampar.
Claro, muy lindo tod, bien larga la charla, todo esto con mis gloriosos errores incluidos. Porque sí, hablé. Hablé mucho. Tanto que después de una hora mi cerebro empezó a pedir cambio de jugador. No de la conversación, sino del idioma. Pero ella seguía, y yo seguía, hasta que las palabras comenzaron a fugarse de mi cabeza como si alguien hubiera apagado la luz y en ese momento hasta el café se había acabado para entretener algunos tiempos para dar respuesta.
Quedamos en vernos de nuevo. Quién sabe, quizás en el supermercado, mezclando vocabulario con verduras.
Al final entendí que aprender un idioma no es solo gramática: es abrir puertas, hacer amigos, colarse en la vida de esta nueva comunidad… aunque a veces tu cerebro pida un time-out. ó "du temps mort".
No hay comentarios:
Publicar un comentario