Luego de ser conciente que debia esperar al menos diez minutos bajo la tormenta de nieve, en menos de tres minutos vi en el horizonte que se acercaba un bus de una ruta distinta a la que esperaba. Sin ninguna seña, el bus se detuvo en frente mío, abrió sus puertas y pude ver que el conductor sonreía como si conociera mi situación. Pregunté si iba a la terminal de buses, respondiendo en un idioma en su idioma y continuando con su sonrisa, el señor asintió. Aliviada por su gesto, le devolví la sonrisa y añadí en un frances debutante dije: "Merci beaucoup".
Los ángeles no son seres de alas blancas ni de auras relucientes, son gente del común, personas con alma y cuerpo, pero de buen corazón. Quienes justamente llegan a ser parte de tu cadena de vida, siendo el eslabón preciso en el momento y lugar donde más son requeridos.
Ese día bajo la tormenta de nieve, en una parada de bus cuyo abrigo solo era una pancarta, en medio de la nada y cualquier cosa en ese momento parecía lejos, porque desconocía la ciudad. Estaba recién llegada a la ciudad, era mi primer invierno, portando unos guantes diseñados para un frío tropical. Con las manos ocupadas con una caja plena de alimentos para llevar a casa orgullosa de mi labor por primera vez como voluntaria, la sonrisa de ese conductor y su gesto de detenerse en una parada que no le correspondía a su ruta, fue lo mejor que me pudo pasar ese día. Ese había sido el pago a mi buen comportamiento ese día.
Un montón de años antes, durante el primer vuelo hacia Buenos Aires, el pasajero que ocupaba la silla detrás del mío me habló, situación que puede sonar común cuando de malos ratos se puede tratar. Era la primera vez que conocía un médico, joven. Iba a Bs As a un congreso de medicina. Yo iba sola a un encuentro con la vida, porque las cosas salieron mal con quien supuestamente debía estar esperándome en el aeropuerto de Ezeiza. Pero no abandoné la idea de colocar un sello en mi pasaporte así que me arriesgué a viajar sola y a llegar sin puerto en el horizonte.
El médico daba la impresión de ser un hombre muy inteligente, profesional y aunque joven entregado a su carrera y a su especialización como cardiólogo. Hablamos un poco y tuve la suficiente confianza para preguntarle como llegar a la ciudad de Bs As luego de bajar del avión. Pues sin pedirselo me dejo subida con mis maletas en el bus que me llevaría segura a mi destino. Hoy en día sigo viendo su perfil profesional en LikedIn, no hablamos, pero no lo pierdo de vista, y lo llevo en el corazón.
Hace seis años, viví un situación de las más dolorosas y densas en mi vida. Iniciaba la fase terminal de la vida de mi mami. Ella había sido diagnosticada de cáncer en el 2015, pero en el 2018 el recorrido fue por un pasaje oscuro hacia su muerte. Ante su petición, decidí acompañarla en ese camino con todo el amor y respeto del mundo que le tuve. Aunque yo estaba llena de miedo y quizás de rabia por la impotencia de querer hacer mucho sin saber lo que tenía que hacer.
Aun asi, en medio de semejante oscuridad, prendidas de la inmensa fé en Dios de mi madre, emprendimos el camino de su fase terminal en el hospital y en casa al final, ella quizas estaba tranquila porque me tenía a su lado, pero yo sentia en mi espalda todo el peso de la responsabilidad de la situación. Pero con la fé de mi madre, bastó para que en casa empezaramos a recibir toda la ayuda del cielo.
Durante esos meses, marcados por un deterioro de su cuerpo sin poder hacer un procedimiento de rescate fui testigo de la presencia del amor de Dios y su misericordia en todas las personas y situaciones de generosidad que no me esperaba. Angeles que con sus manos nos dieron su tiempo, sus amigas y amigos nunca la dejaron sola, se iban rotando para llevarle la comunión, para acompañarla un rato, para orar con ella, para leer, para cantar con ella, para hacer un tiempo de reemplazo mientras yo trabajaba, otros me ayudaron a cambiar sus tendidos, organizar su ropa, compartir una serenata, llegaron manos de enfermera para limpiar sus heridas, para limpiar su cuerpo, para hacer terapias, simplemente para charlar, para tomar su tensión, para hacerla reir, para escuchar sus lamentos, para escuchar sus historias. Amigos y conocidos míos que se ofrecieron a acompañarla en el hospital al menos una noche.
Personas que hacían un completo desfile en mi casa, gente con alas blancas, llena de sonrisas y de paz les daba la acompañar a mi madre y de haberle servido.
Cada persona que vi recorrer mi casa, me brindó su apoyo, sus palabras de aliento, su dinero por mi causa, su tiempo, sus conocimientos, sus alimentos, sus recetas, sus palabras de corage por chat. Alguien viajó desde muy lejos, desde fuera del país a quedarse con nosotras, (una gran bendición). No me senti sola, no me senti hija única. Recibí llamadas de personas que hacía mucho tiempo no escuchaba, pero llamaban para darnos aliento, para hablar con mami, para despedirse de ella.
Todos buscaron su espacio en los recuerdos de mamá y de paso han quedado en mi corazón con todos esos gestos generosos y bondadosos de infinita compañía.
Hoy mirando hacia atrás, veo ese camino oscuro lleno de luz, reluciente por la presencia de todos esos ángeles del cielo, personas del común, de mi barrio, de mi familia, de mi trabajo... veo como llegaban a nuestra vida a iluminar ese camino marcado hacia el final de la existencia de doña Blanca.

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