Hoy tuve que ir con el aquelito a recoger a alguien en el aeropuerto y mientras él esperaba en el carro en un estacionamiento "gratis" dentro del mercado negro (los negocios que rondan los aeropuertos son carisimos y el estacionamiento no es la excepción), yo estaba en la puerta de llegada de los vuelos, esperando a que saliera la prima.
Me alcanzó el tiempo de espera para hacer una mirada objetiva de la gente que transitó en esa hora pico de llegada de vuelos, hubiera querido hacer fotografias pero puedo dibujarlo con palabras.
Pasar por un aeropuerto es como hacer un safari, pero sin necesidad de binoculares ni repelente de insectos. Basta con observar un poco para darse cuenta de la increíble diversidad de "especies" que lo habitan. Desde los más comunes hasta los más raros, todos están ahí, desfilando por las terminales como si fueran la pasarela más extraña del mundo.
Están los viajeros frecuentes. Estos seres son los reyes de la jungla. Los reconocerás por su andar decidido y la capacidad de sortear cualquier fila con la habilidad de un ninja. Llevan auriculares enormes (seguramente más caros que tu maleta), y si los ves en la sala de espera, probablemente estén respondiendo correos a velocidad de vértigo, porque no pueden perder ni un segundo.
En el otro extremo del espectro tenemos a los turistas desorientados. Pobrecitos. Si los ves en un grupo, es fácil reconocerlos: llevan mapas, cámaras colgando del cuello, y siempre parecen perdidos, incluso en la fila de embarque. Su capacidad para bloquear los pasillos y moverse en cámara lenta es simplemente asombrosa.
Luego están las familias en pleno caos. Padres corriendo tras niños que parecen haber ingerido diez Red Bulls antes de llegar al aeropuerto. Maletas por doquier, cochecitos que no caben en ninguna parte, y ese inconfundible grito de "¡No te alejes!" resonando en los pasillos. Observa bien y verás el rostro de agotamiento de los padres que, claramente, ya necesitan unas vacaciones antes de llegar a su destino.
No podemos olvidar a los viajeros de negocios, impecablemente vestidos y siempre con una expresión de prisa. Los verás hablando por teléfono con ese tono de voz que deja claro que están cerrando el trato del siglo, aunque a veces sea solo para pedir un taxi. Los laptops y los trajes son sus armas, y el salón VIP es su hábitat natural.
Pero el verdadero espectáculo está en la puerta de llegada. Aquí es donde los abrazos interminables entre seres queridos se roban el show. Abuelos que no han visto a sus nietos en años, parejas que parecen no haber tenido contacto humano desde la prehistoria, y amigos que celebran el reencuentro como si hubieran ganado la lotería. Todo esto bajo la atenta mirada de los que simplemente están ahí para recoger a alguien, pero que disfrutan del drama ajeno.
Por supuesto, no faltan las despedidas con llanto. Esos momentos melodramáticos en los que parece que el mundo se va a acabar cuando alguien se sube a un avión. Kleenex por todos lados, promesas de "te escribiré todos los días", y la clásica mirada de "quédate un poco más", aunque el avión ya esté a punto de despegar.
Y, entre la multitud, si te fijas bien, verás a los amantes furtivos. Esos que se encuentran en un rincón apartado para un beso robado o una despedida secreta, como si el aeropuerto fuera su propio escenario de película romántica. Nadie los ve, o al menos eso creen.
El aeropuerto es una selva peculiar, donde todos estos personajes conviven, aunque sea por unas horas, antes de partir a sus destinos. Y tú, ¿a cuál de estas especies perteneces?

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