viernes, 9 de julio de 2021

Laguna de Fúquene Parte II

 🏁La rutina en grupo te enseña a hacer calentamiento antes de iniciar. Eran tres guías que sabiamente se reparten el grupo no mayor de 25 personas. Uno de los guías va adelante, otro se ubica en la mitad del camino y el otro se queda de último sin dejar que nadie se quede atrás. (lo pude constatar).


Inicié mis pasos dentro de los primeros cinco, sabía que iba a flaquear en algún momento así que pensé: ¡Mejor flaquear estando adelante en la fila y no a la cola de los caminantes! Borré los pensamientos negativos que no me dejaron dormir y empecé a ver como mis pies paso a paso iban haciendo camino. Pensar en mis hijos fue bastante positivo, en lo mucho que los extraño y las ganas de vivir me volvieron cuando pensé en que quiero volver a verlos pronto y si moría ese día no los iba a ver nunca más. De esa forma, ellos terminaron siendo el propósito de mi camino, mi esfuerzo físico se volcó a ellos. (en varios momentos de mi vida, ha sido asi).
Por más de hora y media ocupe aproximadamente el cuarto o quinto lugar de la fila de caminantes. Delante mío una pareja joven, que tomaron el rol del llevarme con un lacito invisible pegada de ellos, no dejaban de preguntarme si iba bien, se ofrecieron a tomarme una foto, se dieron cuenta que iba sola. Detrás mío muy de cerca, iba un hombre ya entrado en los setenta, de cabello plateado, iba muy cerca siguiendo mis pasos a pesar de su silencio. Era experimentado en la caminata, me seguía sin darme oportunidad de detenerme, pero dándome el suficiente espacio para seguir delante suyo, me enseñó a ser resiliente durante el camino. Paramos en algún punto, él me tomó una foto, yo le devolví el favor y continuamos. Aproveché el momento de la foto para respirar pues íbamos en subida, era la segunda colina que subíamos, pero ya estaba agitada, ver hacia arriba me derrumbó boicoteé mi físico con la imagen de aquella colina y la orden de mi cerebro fue rendirme. Me detuve, vi que el camino estrecho era casi una pared en frente mío, al detener mis pasos sentí que el corazón se iba a salir del pecho, el mundo daba vueltas, la agitación no dejaba que el oxígeno entrara y el poco que tenía mi cuerpo lo estaba expulsando a bocanadas. Se vino a mi cabeza la imagen de mi madre agonizando. Las cosas que llevaba encima pesaban más de la cuenta, le ganaban en peso a mis malos pensamientos.
Tuve que hacerme a un lado del camino dejar pasar al hombre que venía detrás mío y con él un montón de personas más. La gente con quienes compartí este camino eran todos desconocidos, pero se portaban bien conmigo (no sé porque observo tanto eso) ni siquiera sabían mi nombre, pero uno a uno que me iban pasando y me preguntaban si estaba bien, algunos buscaban con sus miradas a los guías para que me ayudaran. 
Quería respirar profundo, quería que el oxígeno que se había ido volviera y llenara mis pulmones y me dieran esa fuerza en brazos y piernas que necesitaba para escalar esos metros que quedaban para llegar a la cima. Llegó el guía que iba en la mitad del grupo y me decía ya vamos a llegar a la cima, falta muy poco. Me decía: Veo que respira bien, cuando lleguemos a la cima le levanto las piernas para que la sangre por la gravedad fluya nuevamente hacia arriba de su cuerpo. Pero no le creí, solo quería que dejara de hablar, que me dejara respirar.
Faltaba muy poco para llegar, a pocos metros encontré la cima y el resto del grupo sentado descansando. El guía no me dejó en paz hasta que le permitiera levantar mis piernas y debo decir que funcionó, sentí de nuevo las fuerzas que necesitaba para seguir adelante. (¡el que sabe, sabe!) Cuando pude sentarme busque fruta, y con una manzana en mano me levanté para retomar el camino que faltaba. Quedé de últimas, justo delante de los pasos del guía que acompañaba los caminantes de la cola del grupo.
Estábamos cerca del final, pero hacía falta bajar la colina y subir otra. Tenía en mente terminar mi proyecto, terminar mi caminata, llegar a la meta. No tenía a nadie que me afanara, ni que me presionara, nadie que me exigiera ir a su ritmo, nadie que se avergonzara de mis pasos lentos, o de mi mala respiración; al contrario, solo me decían tranquila, tómese su tiempo, ya vamos a llegar, falta poco, sin enojarse, sin afanar. De eso se tratan los caminos, la vida, los proyectos, de ir a su ritmo, no se estrese por controlar su respiración, su cuerpo lo hará, lo irá aprendiendo con la práctica. Siéntase seguro que hace las cosas bien y llegará a la meta no antes, ni después sino en el momento indicado y en compañía de muchos admirará sus logros.
La última subida era entre rocas, el camino era un sendero angosto en el desfiladero de la colina, a un lado estaba el pueblo de Fúquene, al otro lado se veía Susa, otro pueblo de Cundinamarca. Estábamos caminando por la línea delgada de la colina, esa que se ve en los dibujos que delinean las montañas. Hermoso. No había camino definido, subíamos y bajábamos entre las rocas. Delante mío iba un muchacho que me contó que sufría de vértigo así que no caminaba, avanzaba sentado entre las rocas, admiré y respeté su tiempo porque se alcanzaba a ver el abismo, se alcanzaba a sentir el vacío de la montaña. Fantástico.
Al llegar a la meta era linda la vista, pero era maravillosa mi satisfacción personal, mi sensación de logro cumplido. La frustración se había convertido en tranquilidad, en confianza, en seguridad en mí. Logré mis objetivos sin afectar los de los demás, me había esforzado dentro de la tranquilidad, sin exigirme, y sin que nadie me presionara, sin afanes, ni comentarios con desdén, conociendo mi cuerpo, aprendiendo de él. Supe que no había sido una maleta pesada para el grupo, que estando en la cola no cause demoras en los horarios. Que tuve un buen desempeño, no hubo queja. Nunca me quedé del grupo, mantuve el ritmo, solo que me quedé de última.


Almorcé con los sandwiches preparados por el aquelito, me recordaron el amor de mi pareja, le escribí un mensaje agradeciéndole, pero no quería hablar con él.
Hablé con mis hijos, estaban preocupados por el mensaje que les transmití, entendieron que andaba depresiva, molesta, pero a larga distancia es fácil explicar, logré tranquilizarlos y hablé por teléfono con ellos como si nada estuviera pasando. Les conté mi experiencia, me reí un poco con mi hijo y le advertí que le avisaría cuando llegara al pueblo nuevamente.
Llegué al pueblo, llegué a la casa, volví a ver al aquelito pero no desaparece la inmensa tristeza inexplicable que tengo. No son negativos mis pensamientos, me siento orgullosa de ser quien soy, de mi gusto por caminar, contenta de haber ido, con ganas de volver a hacerlo. Pero sigo sintiendo aburrimiento, pero dibujo en mi mente el camino, la laguna, las colinas, las personas y cuento con esa maravillosa experiencia para levantar mi ánimo.


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